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Una ventana inesperada
Ayer tome una foto —con permiso— en una casa del barrio que tenía la puerta abierta y estaban restaurando. Yo había entrado ahí de chico, cuando en una de sus habitaciones un profesor de computación me explicaba cosas que yo no entendía del todo, pero que me abrían ventanas.
Y en esa misma casa, después de tantos años, encontré otra ventana.
Un vidrio esmerilado, viejo, rajado, con una escena tallada: un puente, templos orientales, unos pájaros y un árbol en flor. Un paisaje que, sin saberlo, ya me hablaba de Japón mucho antes de que Japón existiera en mi vida.
No recuerdo haberlo visto entonces, pero ahí estaba, esperando.
Y pensé en cuántas cosas de nuestra historia funcionan así: las pasamos por al lado, no las vemos, y después —quizás cuando estamos listos— reaparecen con otra luz. Como si el pasado tuviera la delicadeza de no interrumpirnos, pero sí de acompañarnos.
Ese vidrio me recordó que hay señales que no son señales hasta que uno cambia.
Que hay lugares que nos enseñaron algo, incluso cuando todavía no teníamos lenguaje para entenderlo.
Que hay conexiones que empiezan mucho antes de que nos demos cuenta.
A veces, la creatividad es eso: simplemente volver a mirar una escena que ya estaba ahí. Y descubrir que, de algún modo misterioso, también era nuestra…
Facundo Arena
PD: Esa ventana probablemente tenga 40 o 50 años – quizás más… y por mucho tiempo la casa estuvo cerrada y abandonada. Haber podido verla, y compartirla ahora con miles de personas a través de este correo me hace recordar lo trascendente que puede llegar a ser lo que hacemos ¿no te parece?

¡Huy que linda ventana! ¿Le puedo sacar una foto? Le pregunté al trabajador que estaba restaurando la entrada de la casa…
