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La magia de lo efímero
Llegué a Seul pensando que la ciudad estaría explotada de cerezos en flor. Esos árboles típicos de esta parte del mundo que florecen en el mes de Abril y parecen atraer a cientos de miles de turistas por este lado del mundo.
Los primeros 8 días, nada. Ni una florcita. Hasta que al noveno día, una noche llovió. Un días después, cada calle estaba vestida de blanco. Parecía como si hubiera nevado muchísimo y en los árboles pelados se hubieran acumulado copos de nieve. De un día para el otro. Solo necesitaban el empujón de una lluvia.
Ahí entendí todo el escándalo por venir a estar parte del mundo en este momento: los sakuras florecen rápido y se desvisten aún con mayor velocidad. Esa belleza dura tan solo unos días. Su pétalos son extremadamente débiles y se caen sin ningún esfuerzo de la rama que los sostiene. De hecho, cuando sopla un viento fuerte, se escucha un gran: ¡oooooohhhhh! de sufrimiento porque los pétalos se caen.
Verlos en su florecimiento es digno de agradecer. Porque es de esas bellezas espontáneas que solo se pueden apreciar estando en el lugar indicado y en el momento preciso. Ni un día antes ni un día después.
Tenía el pecho desbordado de gratitud.
Soy fiel creyente en que vivimos rodeados de esos momentos de belleza espontánea en lo cotidiano. Solo hace falta estar atentos…
¿Estás prestando suficiente atención?
Gracias por leerme (y si celebras, felices pascuas también )

