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✈️ Mi botella al mar dentro de las botellas al mar
Cada vez que viajo a alguna ciudad, tiro una botella al mar. O mejor dicho, abandono un ejemplar de mi libro. Totalmente al azar, en cualquier lugar. En la calle, en plazas, en salas de espera.
Desde que llegó a mis manos tuve la necesidad de "regalarlo" a quien no lo pide. En la dedicatoria, dejo mi correo o perfil de Instagram con la ilusión de qué, algún día, alguien responderá diciendo que lo encontró. Y ojalá, con alguna devolución de lo que leyó.
¿Para qué? ¿Qué necesidad habría detrás de abandonar libros por doquier?…
Hay una ilusión detrás de este gesto. La ilusión de que llegue a las manos correctas. Me fascina pensar que, por el mismo camino que deje el ejemplar, cruzará una persona que necesita un confiar en su creatividad.
Ese pequeño acto, es un acto creativo. Me acerca a lo desconocido, me permite jugar con lo azaroso, con los "hilos rojos" de la vida. Tengo la esperanza y la fe puestas en que alguien, en algún lugar del mundo, se va a detener a recogerlo del piso y lo leerá. Y algo le sucederá. Y mi misión, asi, estará cumplida.
Quizas a nadie le importa, quizas parezca irrelevante, pero mi fe me mantiene ilusionada con que algun día, alguien responderá.
Eso me conecta, de alguna manera, con lo trascendente.
Esta vez, abandoné un ejemplar en Buenos Aires, otro en Atlanta, uno en Seul y el último en Japón. Sobre la misma piedra en el templo Senso-ji en el que grabé el primer audio en Tokyo del episodio del podcast sobre aprendizajes Zen, en 2023.
Elijo creer (y crear).
Gracias por leerme.
Flor
PD: En un contexto donde se pretende una creatividad exagerada, que siempre tiene que ser radical, o incluso, artificial; terminan siendo los pequeños actos creativos los que nos salvan el día (o la vida).

