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Un recuerdo que no fue…
Viví en Kioto (Japón) durante 22 días. Pocos, sí, pero suficientes para caminar por el barrio de Yamashina como si fuera un local, saludar a los vecinos cada mañana con un "konichiwa", ubicar de memoria cada producto en el supermercado y tener un banquito favorito en la plaza.
Cada vez que Cielo pedía ir a jugar, pasábamos frente al Blanche Café, un típico kissa japonés (esas pequeñas cafeterías que parecen detenidas en el tiempo desde hace 30 o 40 años). De afuera no decía mucho, pero adentro se veía como un lugar especial.
"¡Qué lindo sería escribir algo profundo acá!" pensaba cada vez que pasaba por ahí. El lugar, probablemente atendido por sus propios dueños, se veía calmo, cálido, acogedor…
Los días pasaron y yo seguía dejándolo para mañana… hasta que llegó el día de dejar la ciudad. Esa mañana llevé a Cielo a la plaza, pasé otra vez por el Blanche y me prometí: "A la tarde vengo, y me despido de Kioto desde este lugar". Estaba seguro que sería un buen ritual de despedida.
Pero cuando volví por la tarde… estaba cerrado
Nunca me tomé un café en el Blanche. Nunca escribí nada en el Blanche. Moraleja: no pospongas las ganas.
Facundo Arena

