Pienso luego insisto

La insistencia es un arte en sí mismo. Porque te invita a crear oportunidades donde no las hay, te desafía a encontrar la última gota de energía cuando todo es cansancio y te recuerda que tenés un punto de referencia cuando todo es confusión.

Por eso pienso, luego insisto.

Insisto hasta que me salga.
Insisto hasta que suceda.
Insisto hasta que tome forma a pesar de que todo el mundo diga lo contrario.

Insisto hasta que la realidad me demuestre que estoy en el camino incorrecto. Entonces cambio de plan, que sería lo mismo que insistir pero con otras palabras.

Insisto para salir de la norma de hartazgo, de la cultura del abandono, de la epidemia de mediocridad. Insisto para recordarme que el único fracaso es dejar de insistir.

“¿Y no te cansas nunca, che?” 

Claro que si. Y también le peleo, me aburro, me desenamoro de mis ideas y lloro cuando corto cebollas pero no por eso voy a dejar de hacer empanadas. Porque después de que se me pasa el cansancio, el aburrimiento y la frustración queda un vacío que siempre me lleva a la mismo pensamiento: “¿Y ahora que hago?”

Y eso también es insistir.